jueves 23 de octubre de 2008

Influenza.


Es Martes. En medio de un caldo de gérmenes y demás venenos biológicos, las cobijas se ciñen al cuerpo. Helado es el aire. Escalofríos: Un horno en la garganta y los oídos en un tanque de agua fría. Sonidos amortiguados. Dum, Dum. Un golpeteo en una cacerola.

Son las 6 de la mañana. Lagañas en los ojos. Las lentes de contacto siguen adheridas a un tejido acuoso, pardo, que apenas logra divisar formas de entre los difusos bailes de luz en la madrugada. Hay luz de halógeno, luz de despertador. El cuerpo exhuda gérmenes. La ropa interior está pegada con sudor al sexo lánguido, inerte. El cuerpo acabado, inmerso en una sopa muscular de dolores y flujos tortuorios. La primera luz del piso de arriba se enciende, luz que llega a través de la arquitectura imposible del cuarto.

La madre se levanta apurada, tejiendo hábilmente en redes su cabello, enfundándose en aquella piel lisa y uniforme, de color azul zeta. Nadie más que la vida misma le ha tejido esa capa para lidiar con las quimeras del exterior. Y es que, en este refugio gris, la madre es raíz de fertilidad, pero dentro de la maleza salvaje, la madre es una Amazonas solitaria: Mujer guerrera que corta cabezas con el miedo a ser decapitada ella misma.

El cerebro rebota en una decisión que se toma sin arrepentimiento alguno. Los pies se abren paso hacia la masa amorfa con la que el cuerpo adormilado se enfrenta. Aire frío, luz borrosa, claroscuros desatinados en el ruido gaussiano de la mañana.

Entras al cuarto: Te quedas parado en el umbral de la puerta. Los labios desiertos, la laringe inundada por el calor de una caldera instalada en las amígdalas, que justo ahora parecen manzanas. Tragas saliva y flemas, para hablar de una vez por todas. Para decirle a aquella Amazonas en metamorfósis la decisión que has tomado y sobre la cual el cerebro, rebotando en una pecera de mucosa, flota vagamente. El cuerpo aún dormita, mientras cada bocanada de aire parece polvo de cuarzo que lija madera gutural. Se busca una respuesta.

La aún madre, futura amazonas, accede con un dejo de ternura: Pequeña briza ancestral de madre que derriba todo poder, como una leona. Y sin embargo, en ese momento, la piel de la Amazonas le constriñe el corazón (cada día más) y se apresura súbitamente a salir del refugio de los cachorros. A nadar en la rivera lluviosa de las truchas metálicas, a pelear por el poder del hombre. Aquella guerrera tribal, ya más sabia que jóven, retoma su camino en su corcel de motor y engranajes; se reanuda con alivio el aletargado invierno, consecuencia de la infección, envolviéndose en crisálida de pelo sintético y tela de cuadros.

Sólo se trata de Dormir, dormir y dormir. La linfa, en globuloso blanco, fluye a través de todas las redes del cuerpo, peleando cual Amazonas, contra los intrusos. Existe una batalla que siempre oscila a través de todo intervalo de tiempo, aún en la oscuridad de la mañana. "La gripe es un fastidio", se piensa, y en una regresión de ruido, se dormita de nuevo.

Silencio por favor.

sábado 18 de octubre de 2008

Haiku Discotheque.

Dentro del ruido
se distrae al cuerpo
de los silencios.

viernes 10 de octubre de 2008

Ciclo.

Y otra vez se regresa a este proceso. Del que se sabe que es mínimo, de menor importancia, pero la latencia sigue. Y con miedo, uno espera que no le caigan más rayos de los que se esperan, mientras desplaza ondas desesperadamente, en medio del resonar del tiempo, flotando en la levedad...

miércoles 1 de octubre de 2008

Sólo puedo decir...

Auch.